¿Somos conscientes de como nos afecta la categorización de femenina o masculino?

En terapia se habla mucho de energía femenina o masculina. En neurociencia se habla mucho de la parte femenina (hemisferio derecho) o masculina (hemisferio izquierdo) de nuestro cerebro y en la medicina china se habla del ying y el yang.

Mi intención a la hora de escribir este artículo es ver como el género, entendido como un constructo social, interfiere y delimita en terapia esta manera de ver la energía femenina o masculina.

A estas alturas de la película ya sabemos cómo, el entendimiento que se hace del género en nuestros días, nos puede encasillar y privarnos de nuestra libertad.

No educan desde pequeñxs a cómo tenemos que vestirnos, actuar, pensar, comportarnos, movernos, según nuestro género. Nos dicen, directa o indirectamente, a qué nos podemos dedicar, qué hemos de hacer en la vida y, sobre todo, dónde están nuestras limitaciones. Nos instruyen a ser de una manera concreta respecto a nuestro género:

  • Para las mujeres: cuidadoras, frágiles, amables, tiernas, sacrificadas, culpa …. y femeninas.
  • Para los hombres: fuertes, rudos, responsables, jefes, rabia …y masculinos.

Y ahí nos manejamos, clasificando todo entre mujer/hombre, vagina/pene, masculino/femenino o combinando (mujer, femenina y vagina). Un gran problema es la falta de cuestionamiento, dando por hecho que este binarismo es la única realidad y que todo lo que salga de ahí, es malo, incorrecto, antinatural y pecaminoso.

Y esta clasificación también la usamos para las emociones, las sensaciones, los pensamientos, los comportamientos…es femenina o masculino.

Cuando hice mi formación de 4 años de Terapia Gestalt, me pasé esos años escuchando “trabajar la parte femenina o masculina” y os juro que siempre me chirriaban estas expresiones. Me parecía mucho mejor decir “trabajar la ternura, la paciencia, la fuerza, etc.” Emociones o estados que no tienen nada que ver con el género.

Son dos sacos (el femenino y el masculino) y con esta categorización, te dan a entender que lo que está en un saco no puede estar en el otro.

Yo veía una limitación cada vez que hacían uso de ellas. Me limitaban a un estándar, a una manera de comportarme y siempre me preguntaba ¿quién les ha dicho que es femenino o masculino? ¿Quién decidió que ser una persona tierna es femenino? ¿Quién decidió que ser fuerte y seguro es masculino? ¿A quién se le ocurrió si la creatividad es femenina o masculina? Y sobre todo ¿Por qué narices es así?

Y sí, ya sé que nos podríamos ir a la época donde los hombres cazaban y las mujeres cocinaban, pero estamos en el siglo XXI. Aun así, no tengo respuestas, lo que si veo es que, al actuar así, seguimos cumpliendo el patrón aprendido que nos encorseta. Seguimos perpetuando la misma historia de siempre sobre el género y sobre cómo tenemos que ser.

¿QUÉ PASA CON EL CEREBRO?

La neurocientífica Gina Rippon (catedrática honoraria de la Neuroimagen cognitiva en la Universidad de Astor, Birmingham) reconocida por sus estudios sobre el cerebro y género, nos dice: “hay que dejar de hablar de cerebros femeninos o masculinos”.

Rippon quiere romper con el mito que los cerebros de hombres y mujeres son diferentes:

“Hay una cadena de argumentos que han estado en vigor durante los últimos 200 años sobre lo que hace que los hombres y las mujeres sean diferentes y como tener una anatomía diferente les da cerebros diferentes, les da habilidades diferentes, roles diferentes en la sociedad”.

Y algo maravilloso que dice y de lo que estoy totalmente de acuerdo: “creo que uno se construye desde la etiqueta de la misma manera que las etiquetas afectan a muchas cosas en el mundo. Asignar esta etiqueta sobre el cerebro tiene un efecto profundo”.

Daphna Joel también neurocientífica y profesora en la Universidad de Tel Aviv, ha realizado diferentes estudios y nos dice lo siguiente:

“La idea de cerebros o naturalezas fundamentalmente femeninos o masculinos es una idea errónea. Los cerebros y el comportamiento son producto de las interacciones combinadas y continuas de innumerables influencias causales, que incluyen factores ligados al sexo, pero van mucho más allá de ellos”

Así pues, dejemos de suponer que el sexo del cerebro está firmemente ajustado a la biología de la persona. Dejemos de hablar de cerebros femeninos o masculinos.

¿QUÉ PASA CON NUESTROS ESTADOS INTERNOS?

Las emociones, pensamientos y comportamientos, se han clasificado en femeninos o masculinos. ¿Qué nos transmite la sociedad?

Si cumples las que tocan a tu expresión de género, has triunfado y si no las cumples, hay una tara en ti.

Como mujer, si soy tierna y dulce, es perfecto. Si soy dura y fuerte, algo falla en mí. Y os aseguro por experiencia, que habrá rechazo social.

Cada vez que clasificamos estos estados, estamos diciendo lo que está bien y lo que está mal, estamos categorizando y valorando esos estados con una connotación peligrosa. Ej. No me permito la rabia porque está mal vista en una mujer.

En el caso de las emociones solo son emociones, el cómo las gestionamos es lo que nos indica si lo vivimos de una manera agradable o desagradable (esto sería para otro artículo 😉).

Es difícil transformar estos estados internos cuando están tan organizados como femenino o masculino, y seamos sincerxs, eso no ayuda nada.

Como terapeutas, si seguimos clasificando de esta manera, seguimos estableciendo esta diferencia entre ellos y nosotras que más que unirnos, nos separa.

Una idea que nos impide por factores de género y de educación ser quien necesitemos ser, independientemente del sexo-género, ya sea fuerza o sea ternura, sea sensibilidad o sea dureza, etc. Que no sea el sentido de género el que nos lo impida.

Así pues, empecemos a hablar de la emoción por su nombre, del comportamiento por su nombre, de la experiencia por su nombre y dejemos de abreviar de esta manera tan limitada como es femenino o masculino.

Quizá ya es momento de cuestionarnos que es femenina y ser masculino.

 

Sandra Toledano.  Coach & Terapeuta Gestalt.

Me dedico a acompañar a personas del colectivo LGTBI+ y a sus familiares, para ofrecer esa «otra manera». La manera en la que vives tu vida de una manera auténtica.